¡A poner en la picota nuestras ideas!

Existe en ciertas localidades de la provincia de Soria, también de otras provincias españolas, sobre todo castellanas, una columna de piedra, llamada rollo o picota, en la que antiguamente se ajusticiaba a los que eran  condenados por determinados delitos. Poner en la picota a alguien suponía, en general, una sentencia de muerte.

Era una columna de piedra colocada a la entrada o en las plazas de ciertos pueblos para ejecutar en ellas a los reos o mostrar las cabezas de los ejecutados. También se utilizaba para otros correctivos menores, como colgar a la vista los instrumentos de peso manipulados de molineros o carniceros para que sus vecinos conocieran su poca honradez. Asimismo a los acusados de hurto, se sometía a la llamada pena de picota, consistente en estar unas horas al sol atado. En ocasiones se le pintaba con miel para atraer a los insectos.

El desenlace podía no ser trágico

No obstante, la picota no tenía siempre un final fatal para el protagonista. Al menos fuera de España, donde el convicto era sometido a un juicio por los jueces o pares y al final del proceso se dictaba sentencia.

El juicio no era vano ya que, en ocasiones, el sujeto era aplaudido por los pares y por lo tanto, absuelto. Si el juicio demostraba que era inocente no había ningún impedimento para que el pueblo le arrojara claveles en vez de huevos podridos.

De lo que se trataba al poner en la picota a alguien, en estos casos, era poner en evidencia unos hechos ante los demás. 

No sería un mal ejercicio ponernos a nosotros mismos en la picota de vez en cuando.

Una de las objeciones que se ponían a la picota era su publicidad ya que, independientemente de la culpabilidad o inocencia se exponía públicamente a la persona. Pero hacer este proceso en la reserva no es tranquilizador ya que los más despiadados castigos se han efecutado en la más completa reserva.

Poniendo en la picota, cómo no, a nuestros políticos. 

Aprovechando esta línea argumental, bien estaría poner en la picota a nuestros políticos por su actitud ante la determinación del castigo a imponer por un delito. Me refiero al tema en general aunque esté motivado por la actualidad de las propuestas de penas a determinados políticos que intervinieron en los hechos del pasado mes de octubre en Cataluña.

Nos encontramos con dos tipos de acciones correspondientes a las dos tendencias políticas predominantes. 

No diré a qué tendencia política corresponde cada tipo de acción ya que presumo la capacidad del lector para identificarlas sobradamente.

Por una parte está el buenista inflexible, como si la bondad y la suavidad física pudieran curarlo todo, como si no hiciese falta otra cosa que  hacer carantoñas a Calígula o dar palmaditas en la espalda a Atila.

Y luego está el brutalista inflexible, un tipo más débil e insulso que el anterior, que dice “a la horca con los golpistas”. Un tipo que nos cuenta con mucha vehemencia lo que él haría con esos hombres claro es, en el supuesto que dichos hombres tuvieran las manos atadas a la espalda.

Ambas posturas son endebles y desequilibradas, pero la verdadera dificultad para resolver, con cierto decoro, el trato que debe darse a los que han cometido el delito, es que ambos discuten sin intervención de ningún sentimiento humano directo. En un caso quieren obtener apoyos parlamentarios y en el otro recuperar un gobierno perdido de una manera deshonrosa.

La creatividad. Poner en la picota nuestras ideas

Un proceso creativo sencillo consiste en poner en la picota nuestra manera de hacer las cosas. El cuestionamiento creativo trata de averiguar si la manera de hacer las cosas habitual es la mejor posible. No es una crítica a cómo se hacen las cosas. Simplemente se niega a aceptar que la manera actual sea la mejor.

El cuestionamiento creativo supone que el modo de hacer las cosas actual es uno entre varios y no necesariamente el mejor.

La pregunta que se identifica con el cuestionamiento creativo es ¿porqué?. ¿Porqué actuamos de ese modo?

Se trata de poner en la picota el cómo se hacen las cosas.

Cuentan que un día del pavo en EEUU, cuando antes de meterlo en el horno le cortaron las patas, alguien preguntó el porqué. Todo el mundo respondió que siempre vieron hacerlo así pero nadie sabía el motivo. Hasta que preguntaron a la abuela. Respondió que los hornos antiguos eran muy pequeños y le cortaban las patas al pavo para que cupiera dentro. 

La tradición hizo que varias generaciones hicieran lo mismo sin preguntarse el motivo.

Muchas de las cosas que hacemos tienen orígenes desconocidos y se hacen así, simplemente porque siempre se hicieron así.

En cualquier caso el motivo es lo de menos. Se trata de preguntarse si no hay otras maneras mejores de hacer algo. Haz la prueba y verás cómo las encuentras. 

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